La despedida de Juncker cierra un capítulo de la historia europea

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Hasta el último momento el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha mantenido su estilo irónico y directo. Cuando este domingo finalice su mandato de cinco años se terminará también una era de la historia europea de la que este luxemburgués ha sido sin duda uno de los principales actores. Famoso por sus besuqueos a todos sus colaboradores y sus frases salidas de tono, ayer acudió a la sala de prensa del edificio Berlaymont y después de responder a algunas preguntas con su sorna habitual, se fue sin más diciendo: «Tengo hambre, adiós».

El presidente del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk, se despidió también ayer y entregó el relevo –la campanilla con la que deberá reclamar la atención de los jefes de Estado o de Gobierno– al ex primer ministro belga Charles Michel. No es habitual que las dos ceremonias coincidan, pero en esta ocasión el retraso de un mes en la formación de la Comisión ha sincronizado el calendario. Tusk fue elegido la semana pasada como presidente del Partido Popular Europeo.

«Estaré orgulloso hasta el final de mi vida de haber podido servir a Europa», había dicho Juncker entre lágrimas durante su comparecencia tras la última cumbre europea en la que participó, el mes pasado. Desde 1984 ha estado presente en la política europea de alguna u otra manera. Primero como ministro de Trabajo de Luxemburgo y desde 1995 como primer ministro tomando parte en cumbres europeas, como presidente del Eurogrupo y desde 2014 como presidente de la Comisión. Ha participado en casi 150 reuniones del Consejo Europeo, una cifra que ninguno de los líderes europeos actuales puede igualar.

Cumplirá este mes de diciembre los 65 años, un tanto gastado de salud por una vida dedicada por completo a la política y su afición poco saludable al tabaco y por la convalecencia de una reciente intervención quirúrgica. Juncker es seguramente el último de los dirigentes europeos de la generación que sucedió a los padres fundadores y que pusieron en marcha los principales eslabones de la Unión tal como es hoy, con el euro, el mercado único y el espacio de libre circulación de Schengen.

En esta última comparecencia no quiso dar mayor importancia a su papel como presidente de la Comisión ni quiso dar ningún consejo a su sucesora, la alemana Ursula von der Leyen. «Yo no encontré ningún informe sobre mi mesa cuando llegué, tampoco encontrará uno Von der Leyen, pero puedo decirle que cuide de Europa. Es necesario cuidar de Europa».

Cuando inició su mandato hace cinco años, Juncker había dicho que esta sería la legislatura «de la última oportunidad» y en este sentido puede decir que ha dejado a la institución más consolidada que cuando la encontró, si no se tiene en cuenta el traumático incidente de la decisión del Reino Unido de salir de la UE.

Para Juncker, ser presidente de la Comisión Europea es una de las tareas «que no es de las más sencillas» y aún ha aprovechado para acusar indirectamente al presidente francés, Emmanuel Macron, de haber boicoteado «por razones oscuras» el sistema de designación de «cabezas de lista» (o «spitzenkandidat») que le llevó a él al cargo, después de haberse presentado como candidato apoyado por el Partido Popular en las elecciones europeas. «La idea de llevarlo a cabo en 2014 fue buena, la idea de no repetirlo en 2019 fue un error. Creo que es un lamento, fue un muy pequeño avance democrático y se suprimió por razones oscuras».

La llamada de Bill Clinton
También aprovechó para desvelar los detalles de una anécdota de la que ya había dado cuenta fugazmente anteriormente y que se refiere a la vulnerabilidad del representante de un país pequeño como Luxemburgo en sus relaciones con las grandes potencias.

En 1997 viajó a París para asistir a una cumbre sobre empleo y por razones inesperadas tuvo que cambiar de hotel. «Durante la noche recibí una llamada al teléfono fijo del hotel de Bill Clinton, que quería hablar de algunos problemas comerciales entre Boeing y Airbus. Me quedé muy sorprendido, porque ni siquiera los miembros de mi gabinete sabían en qué hotel estaba. Yaún más al día siguiente, cuando me recibió el presidente francés, Jacques Chirac, diciéndome que“el modo en que has hablado a Clinton es como ha de hablar un europeo a los americanos”».

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