Las estrellas fuerzan el retraso de la Ryder

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No bajan tranquilas las aguas del golf profesional estadounidense. Después de la aplaudida proactividad del PGA Tour para elaborar un plan de reanudación de la competición, ahora se está encontrando con un serio problema que afecta al circuito y a todo el país: los rebrotes. La poca seriedad con la que muchos norteamericanos se han tomado el coronavirus ha provocado que ahora estén volviendo a la casilla de salida. Por muchos medios que se pongan en los torneos, si luego no se respetan las distancias sociales, los casos van a seguir aflorando. Esta semana, en el Travelers, ha habido siete positivos y el comisionado Jay Monahan se ha puesto muy serio, al anunciar nuevas medidas sanitarias e importantes sanciones para quienes no actúen con responsabilidad en el futuro.

El problema añadido, en cuanto a la percepción popular, es que si todo esto está sucediendo a puerta cerrada, qué no sucederá cuando dentro de una semana el público vuelva a estar hombro con hombro junto a los protagonistas. De ahí que la PGA de América (organizadora del PGA Championship y de la Ryder Cup) ya haya anunciado que en el primero de ellos, que se celebrará en San Francisco el 6 de agosto, no se permitirá el acceso de espectadores. Mas, al margen de la merma en el ambiente que un grande debe tener, de cara a los golfistas va a haber pocas diferencias con lo que han estado viviendo estas semanas y a lo que ya se han acostumbrado.

El problema surgiría en septiembre si un indeseado rebrote obligase a celebrar el evento intercontinental con el campo vacío. Eso es algo que, por muchos intereses económicos que haya en juego, nadie quiere ni imaginar. Sobre todo los golfistas.

Lo mejor, el aplazamiento
A las primeras opiniones contrarias un tanto tímidas de las principales figuras europeas, como Rory McIlroy o Jon Rahm, se han sumado ahora las de los propios estadounidenses. Son conscientes de que tienen que recuperar en Wisconsin el trofeo perdido en 2018 en París y que no van a poder lograrlo sólo con su juego. En la Ryder Cup el público es el decimotercer jugador del bando local y no es cuestión de desaprovecharlo.

El capitán tricolor, Steve Stricker, ya declaró recientemente que «no es una opción jugar a puerta cerrada; la Ryder sin público es un sinsentido», a lo que esta semana su estrella Brooks Koepka, cuádruple ganador de «majors», añadió: «Los jugadores contemplaríamos boicotear el torneo si nos obligaran a jugar sin aficionados». Esta amenaza no llegó únicamente por las mencionadas cuestiones deportivas o sanitarias (evidentemente nadie quiere participar en un evento que sea peligroso); lo que más le molesta al exnúmero uno mundial es que «mientras los jugadores lo damos todo en la competición de un modo altruista, parece que los organizadores sólo piensan en una cosa: el dinero».

Lo más sensato es el aplazamiento a 2021, que se anunciará en breve.

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