Ricardo Artola: «Hitler dispuso de una generación de generales y soldados extraordinaria»

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«Hitler debía esperar que este último ataque (la invasión de Polonia) desembocaría en guerra. Pese a que llevaba años logrando hitos “diplomáticos” sin disparar un fusil, estaba seguro de que la parálisis de las grandes potencias no tardaría en romperse si seguía conquistando más territorios».Así de tajante es el historiador Ricardo Artola en declaraciones a ABC, con motivo del 80 aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

El también editor de Arzalia Ediciones es uno de los pocos autores españoles que ha tratado esta contienda de forma conjunta en su obra «La II guerra mundial. De Varsovia a Berlín» (2005, Alianza).

Según afirma, el Führer sabía lo que hacía aquel 1 de septiembre de 1939. «Hitler tenía una idea bastante clara de sus objetivos estratégicos, de los tiempos y los medios para lograrlo. Creía que iba a ganar la guerra y de manera fácil y rápida», revela el escritor. Ese día, a las 4:45 horas de la madrugada, Alemania ponía en marcha el llamado «Fall Weiss» (Plan Blanco), por el que sus tropas invadían Polonia.

Se iniciaba así una de las pesadillas más trágicas de la humanidad, una angustia que asolaría al mundo durante seis largos años. La IIGM había comenzado y nadie imaginó la inmensa profundidad bélica que se iniciaría a partir de entonces, ni su mismo provocador lo esperaba.

El
antiguo acorazado «Schlewing-Holstein» bombardeó desde el Báltico la fortaleza de Westerplatte, la guardiana de la ciudad de Danzing. A las pocas horas, les siguió todo un torrente de tropas alemanas cuando la Wehmarcht se puso en movimiento. Al caer la noche, la disputada Danzing estaba en manos de Hitler y, como era de esperar, no ordenó parar la ofensiva. Los combates no acabarían hasta que Polonia entera doblase la rodilla.

En aquellos compases iniciales se vio claramente que la diferencia entre ambas fuerzas era abismal. Aunque los polacos disponían de 30 divisiones en activo, por 40 de las alemanas, las tropas de Hitler eran muy superiores, al contar con varias divisiones acorazadas y motorizadas.

Por el contrario, los polacos tenían una docena de brigadas de caballería, de las que solo una era motorizada. En total, solo disponían de 600 carros blindados para oponerse a los 3.200 con que contaban los alemanes. La diferencia era similar a la que se daba en los cielos; mientras que la fuerza aérea polaca constaba de 842 aviones anticuados, la moderna Luftwaffe disponía de 3.232 aparatos. 

Aunque en ese momento los ejércitos alemanes no tenían aun experiencia en combate, sí que eran las fuerzas armadas mejor entrenadas de Europa. «Alemania llevaba perfeccionando el arte de la lucha desde hacía décadas. Habiendo aprendido de las lecciones de la guerra de trincheras, desarrollaron toda una nueva forma de pelear», explica el experto.

Su nueva doctrina de combate, basada en la velocidad y conocida como «Blitzkrieg» o «Guerra relámpago», consistía en el uso de divisiones motorizadas que rompiesen la línea de frente, para, a continuación, envolver a las tropas enemigas. «Los alemanes eran una máquina de guerra que funcionaba como un reloj suizo. Tenían una generación de generales y soldados extraordinaria». En sus palabras, a sus enemigos les costó varios años igualarles, pero Artola sostiene que no fue únicamente una cuestión de excelencia militar, sino numérica.

La agresión alemana despertó a los británicos y franceses de la ingenuidad con la que habían alimentado al ‘monstruo’. El 3 de septiembre, y en el cumplimiento de las garantías dadas a Polonia, los dos países le declararon la guerra a Hitler. El editor explica al diario que, a día de hoy, sigue siendo un enigma el hecho de que las dos potencias vencedoras de la Priemra Guerra Mundial se ablandaran ante las ambiciones de la perdedora Alemania e hiciesen oídos sordos a las ambiciones del Tercer Reich. Cuando se quisieron dar cuenta, ya era demasiado tarde.

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