Trump contra los guiones

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Al presidente americano no le gusta ceñirse a un guión. Tal vez por eso ha desatado un tsunami político al preguntarse si se deberían aplazar las elecciones de noviembre y sugerir el fraude en la mayor parte del voto por correo. Un puñetazo en la mesa para demostrar a sus asesores electorales quien manda y recordarles que ser totalmente impredecible es su particular fórmula de éxito.

Llevaba varios días de disciplina y moderación en sus mensajes: por fin pedía que se llevase mascarilla y reconocía la magnitud de la catástrofe sanitaria y el descontrol en la mayoría de los Estados. Pero Trump es un antídoto contra el aburrimiento. Otra posibilidad es que haya elegido sembrar el caos ante los terribles datos económicos que se publican estos días, los peores desde la Gran Depresión. Nadie como él sabe crear marcos para definir los debates del día y condicionar el ciclo de noticias.

Por fortuna la primera democracia del mundo tiene algunas reglas básicas inmutables y la celebración periódica de elecciones en fechas previstas de antemano por el legislativo es inmune al antojo de un presidente en apuros. Cabe recordar que durante la guerra civil y las dos guerras mundiales no se aplazaron los comicios. Tras el enésimo cuestionamiento presidencial de las reglas del juego de la democracia, por primera vez en cuatro años los dirigentes de su propio partido han salido en tromba a criticarlo, al sentirse atacados por un falso republicano con tics autocráticos que no reconoce límites a sus apetencias. Mitch McConnell y Kevin McCarthy, que lideran a los conservadores en el Senado y la Cámara, han rechazado de forma tajante la deriva trumpiana, que además puede animar a muchos de sus votantes a quedarse en casa. El torpedo en forma de tuit presidencial también prepara el terreno para deslegitimar una posible victoria del demócrata Joe Biden. La pesadilla de un candidato derrotado que se niega a abandonar la Casa Blanca y emprende una batalla legal y mediática contra el resultado electoral, ya no es producto de la fértil imaginación que despliegan los guionistas de series políticas.

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